martes, 21 de enero de 2014

XXIV: Entiende que mis caricias sólo existen en tu piel



Mi cielo durmiente, 
desde hace veinte días 
tienes por costumbre 
ir al parque por las tardes, 
sobre todo las de viento.
Que tienes que aclarar ideas,
que alguien parece cortarte las alas.
No entiendo una palabra de lo que dices,
sin embargo, se te ve muy segura.
Lo respeto.
Yo insisto en acompañarte,
tú en rechazar la oferta.
Al final voy a pensar que
hablas de mí cuando mencionas al que corta,
y a tu espacio cuando aludes a las alas.
Dime, mi vida, ¿tan libre es tu alma?

Mi compromiso es férreo, en cambio,
empiezo a creer que lo tuyo
se llama capricho en vez de amor;
¿quizá confusión?
Ojalá, mi eterno cielo, ojalá sólo sea eso,
una sana e inteligible confusión;
porque si eso fuera con un par de capas de pintura...
Si quieres la cambio de color,
le quito las humedades,
y tapo roturas pasadas con masilla.
Lo que miedo me da
(y miedo se queda corto porque me paraliza hasta la lengua cuando reparo en ello),
es que ya no me quieras
¿no es eso verdad?
dime que no es verdad, mi cielo.

Si de lo segundo se tratase,
prometo comprar una carta
con toda gama de colores.
Mira que si me pides que te baje la Luna te la bajo,
que aunque suene pedante,
o demasiado romántico,
juro por lo que más quiero
(y ahora mismo no se me ocurre otra persona que tú ocupando ese lugar)
que si es menester
me avengo con un ingeniero
empezamos a trazar planos
y averiguamos cómo hacerlo.
Torres más altas han caído y otras tantas se han repuesto.
Por ahora, mi vida,
tú sigue yendo al parque,
que yo voy preparando la carta
y le escribo al ingeniero.

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