domingo, 22 de diciembre de 2013

XXIII: Me robas a metros de distancia


Dice mi terapeuta 
que no me culpabilice
por sentir de todo al mismo tiempo,
que haga una criba de sentimientos,
y elija los necesarios.
Pues resulta que empecé a hacerlo,
y el resultado ha sido 
una grata sorpresa.
Bueno, quizá no diría grata,
quizá sólo diría "toda una", y lo que sigue: sorpresa.
Porque mira que,
hubiese jurado
quererte más que a nada.
El caso es que llevo unos días odiándote.
Te odio por todo, mi amor.
Te odio porque no estás conmigo,
te odio cuando te imagino pasear sola por tu casa,
eso es sacrilegio, mi dulce,
porque yo no piso el mismo suelo.
Te odio porque sé que tomas café con leche por las mañanas,
te odio porque no soy yo
quien añade el azúcar.
Te odio cuando sales del trabajo
y regresas sola a casa,
tu mano añora la mía, ¿no te das cuenta?;
te odio por permitirle que pase frío
en estas noches congeladas de recuerdos.
(“no me gustan los guantes” –me decías).
Te odio porque ahora sólo te peinas,
antes, te acariciaba la melena.
Te odio porque sé que, 
a pesar de todo, sigues sola, 
senda soledad la mía.
Te odio porque tengo frío,
porque el corazón se me para cuando te pienso,
lo cual me preocupa.
Te odio porque, pese a odiarte más que nunca,
desde que hago mis deberes,
el odio sólo me recuerda que te amo,
me recuerda que 
te echo de menos, nunca de más
(y duele).
¿Por qué me dejaste amarte tan poco?,
tus miedos, siempre tus miedos;
putos miedos, ¿no crees?
¿Y esto no te da miedo?
¿No te da miedo que, 
una deslenguada
se cruce en mi camino
y te robe lo que es tuyo?
El problema no es odiarte, amor mío,
el problema es que no te odio a ti
(a ti sólo puedo adorarte);
lo que odio es tu distancia y mi soledad,
lo que odio es no echarte yo el azúcar en el café,
lo que odio es no coger tu mano de regreso a casa,
lo que odio es no despeinarte la melena,
lo que odio es que tengas frío,
lo que odio es que,
ninguna deslenguada,
por guapa, por inteligente, 
por buena moza que sea,
es capaz de que mi piel prefiera la suya,
(por lo mismo, ni lo intento).
Voy a dejar a mi terapeuta,
con una ladrona me basta,
aunque a esa ladrona la venere 
como se venera lo imprescindible.
Entiéndase imprescindible 
como el más grande de los deseos.
Tú eres mi deseo, vida mía,
sin embargo, tienes frío;
yo ya estoy congelado.
 

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