sábado, 28 de septiembre de 2013

Relato: El hombre del gas

El hombre del gas

Estaba yo tranquilamente en el ordenador, demasiado tranquila, como siempre, cuando sonó el zumbido del timbre. Un ruido que en mi caso pocas veces es bien recibido, pues si espero a alguien no me sorprende ya que estoy pendiente de contar los minutos que me separan de mi amante soledad: el refugio que me otorga mi casa. Así que, volviendo al hilo de la cuestión, y puesto que no esperaba a nadie, el fastidioso ruido me molestó no más que cualquier otro día. Y que sorpresa la mía cuando la mirilla de la puerta dejó al descubierto a un apuesto caballero que no era ninguno de mis tediosos vecinos; que o bien me pican para
preguntarme cualquier absurdez como: una carta que no les llega, o para "interesarse" por las obras de la comunidad. Sí, exacto, este año me ha tocado ser la presidenta. Bueno, más que tocado, ha sido mi, a veces, inoportuno sentido del deber el que, me hizo ofrecerme voluntaria para el cargo cuando en la última junta anual solo acudimos el ex presidente y yo. En fin, a lo que íbamos, qué sorpresa cuando vi al susodicho, todavía sin nombre, vistiendo un traje no menos lujoso que el de un padrino de boda, adornado con carpeta en mano. He de reconocer que si no hubiese sido por su majestuoso porte, hubiese descolgado la mirilla para recular hasta la silla del ordenador en modo: puntillas.


-¿Sí?
-Del gas, señorita.
“¿Señorita? -me repetí en silencio-. O está pasado de moda o la cafeína y el insomnio todavía no han hecho estragos en mi voz”.
-Un momento, por favor.
Y en ese momento por favor, que de forma prudente no podía durar más de dos minutos, fui corriendo al lavabo, me solté la coleta y me puse mis mejores jeans. No, no soy tan friki como para tener mis mejores jeans a mano por si pica un apuesto hombre del gas, ni tampoco soy una promiscua desenfrenada (si es que se puede ser promiscua y estar frenada) el caso es que, esos jeans, son los mismos que uso casi a diario. Pues a pesar de contar 35 hermosas primaveras y ser agraciada físicamente (haciendo uso completo del adjetivo: hermosas, modestia aparte) me preocupo más bien poco de mi armario. Creo que tengo fobia a las tiendas de moda y del estilo, una fobia que calculo empezó a los veintipico cuando me declaré antisistema convencida. Tanto es así que, mi ropero se resume a dos pantalones, tres camisetas, tres jerséis y la chaqueta de turno. Sí, más o menos el recuento sería ése. Pasado el tiempo prudencial, abrí la puerta, no sin antes soltar un enorme suspiro insonoro para encubrir cualquier sospecha de que la menda lerenda se había permitido cambiarse y peinarse en un tiempo récord para recibir a su príncipe sin nombre ni color.
-Buenas tardes, soy de la compañía del gas.
-Perdón por la espera, tenía la leche en el fuego.
“¡Dios! Mil excusas, ¡mil! que podría haber articulado con un tono exquisito, y en ese instante me resultó la frase más ridícula y vulgar de la historia; encima para alguien que vive de y para las letras.
-No se preocupe. Venía a hacerle una oferta de nuestra compañía. Si fuese tan amable de enseñarme su última factura de gas, podría hacerle números exactos del ahorro que le supondría cambiarse con nosotros.
“¿Y si le hago pasar? ¿Siempre puedo decirle que acabo de mudarme y no sabía que…”
-Gracias por su oferta, pero no tengo gas, es todo eléctrico –dije finalmente, rendida ante cualquier frase todavía más absurda que la anterior.
Llegados a este punto del relato, he de aclarar que soy un chica bastante tímida, sino algo distante, que no me dejo eclipsar por el primero que pica a mi puerta ofreciéndome una oferta para cambiar de compañía de gas o lo que sea, ni que se deja alagar por el típico listo de barra (por más bueno que esté, todo sea dicho) que con el pretexto de un cigarro o lo que sea se ofrece para invitarme a una copa. Rozando la estupidez, cuando un tipo intenta acercarse más de la cuenta le mando a freír espárragos en menos que canta un gallo (que por cierto, ahora que lo pienso, no sé cuánto tarda en cantar un gallo). Pero es que este hombre del gas, tenía algo que… Más allá de su físico que os aseguro que era demasiado atractivo para sorprenderme a las 2 de la tarde mientras terminaba un relato para el periódico en el que trabajo, con coletilla de: urgente. Y que solo le faltaba la de: recuerda que tu puesto tiene posibles vacantes.
Me licencié en filología hispánica hace seis años, a la edad de 26. Tuve la suerte de que un compañero de clase con el que terminé haciendo muy buenas migas, sobre todo después de que me confesara sus inclinaciones sexuales, me colocó en una radio local para leer relatos que gustaba de escribir en horas muertas. Y cuando se estudia y trabaja al mismo tiempo, os aseguro que son pocas. En la radio podríamos decir que tuve cierto éxito, recibía llamadas de otros noctámbulos como yo, para compartir ciertas andanzas que decían les recordaba al relato en cuestión; otros, de carácter más romántico, me daban las gracias porque según decían “nadie lo habría definido mejor, parece escrito para mí. Gracias, Laura”.
Sí, me llamo Laura, que antes no he sido tan educada de presentarme. Vivo en Barcelona y, como creo que imaginaréis, y si no lo habéis hecho me ofende, no tengo novio. ¡Je! es curioso, nunca imaginé que el hecho de que alguien imaginase que tengo novio pudiese ser un insulto para mí. Pero vaya, que con el del gas en la puerta de casa y yo jugando a seducirle si hubieseis juzgado lo contrario me habríais ofendido y de verdad. Vivo sola, pero por voluntad propia, no soy ninguna amargada cascarrabias precipitándose a la edad de oro, cuidado. Y tengo dos gatas. ¡Vaya! esta última aclaración creo que no es un hecho fehaciente para corroborar mi negativa a lo de solterona y amargada. ¡El del gas!
-Su cara me suena, juraría haberle visto antes –mierda. Esto es la consecuencia de tener una mente que va a mil por hora y poseer la capacidad de abstraerme como si el mundo no existiese más hallá de mi piel. Otra frase que pasará a la eternidad.
Y así fue como conocí a mi pareja, Iván. Sí, Iván y yo vivimos felizmente descasados, con mis dos gatas, en mi modesto ático y con mis adorables vecinos pululando sinsentido los interiores del inmueble cuando se aburren. Pero por poco tiempo, estamos mirando una casita cerca del Maresme. El Maresme es una costa de Barcelona que da nombre a una serie de pueblecitos con un encante especial. Yo sigo trabajando en el periódico y él trabaja en una empresa puntera, Iván es arquitecto, pero más allá de ser arquitecto es de esos hombres al que no se le caen los anillos, cualidad que admiro de él como cual quinceañera fanática. Pues cuando perdió su acomodado trabajo por recortes de personal, pasó a ser camarero, operador de limpieza y, bendito sea el puesto, comercial de Gas. Porque que resulta que yo tenía razón: Iván y yo nos conocíamos. Mientras yo cruzaba pasillos de la facultad dudando si ir o no a clase de latín, Iván se apuraba para no llegar más de diez minutos tarde al aula de económicas. Recuerdo alguna mirada furtiva que nos dedicásemos como el que no quiere la cosa, mientras luchaba por no perder la compostura en su carrera. No era por evitar el tener que pedir los apuntes luego, lo que le impulsaba a creerse atleta de élite, sino que sus alumnos no le sentenciasen como el catedrático más impuntual de todo el campus.
Así que les recomiendo que, antes de dar por hecho que el fastidioso ruido será de uno de sus aburridos vecinos y opten por no abrir la puerta, descuelguen la mirilla; nunca sabemos lo que nos depara el nuevo día.


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